Carmen María Vega fue adoptada en Francia con 9 meses. Años después, cuando viajó a Guatemala, su país de origen, en busca de su madre biológica, descubrió que en realidad fue una niña robada y no abandonada, como siempre había creído. 

«Lo único que sabía era que mi madre biológica era una activista guatemalteca que tuvo que abandonarme para salvarme la vida. Es al menos lo que la asociación que organizó mi adopción dijo a mis padres adoptivos», cuenta a la AFP Vega, ahora de 36 años.

Sus padres, un amoroso matrimonio de Lyon (centro-este) nunca le escondieron que había sido adoptada. «De todas maneras era bastante obvio, porque eran muy blancos», dice entre risas esta mujer pequeña, de tez morena y ojos negros almendrados.

«No saliste del vientre de mamá, pero es como si hubieras salido, te quiero igual«, le repetía incansablemente su madre adoptiva, Martine, desde su más tierna infancia. 

La asociación belga que medió en la adopción, Hacer Puente, les había asegurado que su madre biológica la había abandonado. Todo el proceso parecía legítimo.

«Hasta mis 26 años, teníamos nuestra propia manera de tratar la adopción, sin ningún tabú. Porque básicamente no era un problema. Una adopción exitosa es una adopción con amor», cuenta.

Pero con el tiempo fue creciendo esa necesidad «visceral» de saber quién era y de dónde venía. «Me faltaban pedazos de mi historia para poder construirme plenamente», explica Vega, que ahora vive en París, donde se dedica a la música y al cine.

Fue entonces cuando decidió emprender un viaje a Guatemala con apenas una mochila sobre la espalda y un papel en el que estaba escrito el nombre de su madre biológica, la fecha y el lugar de su nacimiento: «11 de julio 1984. Colonia El Limón, zona 18, Ciudad de Guatemala».

«Me había hecho mil preguntas, como si había nacido de una violación... Me había preparado para lo más duro: mi madre estaba muerta, no quería verme o me iba a pedir dinero… En fin me había hecho un montón de escenarios posibles un poco horribles en mi cabeza, pero el del tráfico de niños ¡ni se me ocurrió!», admite.

– ‘Como una bofetada en la cara’ –

Antes de su viaje entró en contacto con Vincent Simon, un francés portavoz de Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz en 1992, quien aceptó acompañarla durante su travesía. 

«Fue mi ángel guardián», recuerda Carmen María, que no habla ni pizca de español y no sabía casi nada del país en el que había nacido. Su periplo lo relató en un libro publicado en Francia poco antes del inicio de la pandemia.

Juntos recorrieron el país. «Empezamos por hacer las cosas básicas, fuimos primero a la Renap (Registro Nacional de las Personas, NDR.) para conseguir una copia del certificado de nacimiento de mi madre». Allí obtuvieron su última dirección conocida, pero ya no vivía allí. 

«Durante el viaje entendí que el tráfico de niños era algo habitual en aquella época. Fue como recibir una bofetada en la cara», cuenta esta mujer, que siguió la pista hasta dar con su abuelo materno que le reveló su verdadera historia.

Guatemala vivió una de las guerras civiles más largas y sanguinarias de Centroamérica (1960-1996) durante la cual miles de niños fueron separados de sus padres mediante robos, compras o engaños, antes de ser enviados al exterior, según la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), un ente adscrito a la ONU para ayudar a combatir la corrupción.

Hasta 2008, cuando entró en vigor una nueva ley, las adopciones eran un negocio que generaba en Guatemala unos 250 millones de dólares al año, producto de unas 5.000 adopciones ilegales anuales, según datos oficiales. 

Carmen María descubrió que su madre no era una «heroína feminista que combatía la dictadura«, sino una madre soltera pobre que necesitaba que se ocuparan de su hija temporalmente para poder trabajar. Pero fue engañada y nunca se la devolvieron. 

Descubrió también que ahora vive en Bélgica. «¿Es decir que recorrí 8.000 kilómetros para buscarla y que ella está en Europa? ¿A dos pasos de Francia? No lo podía creer».  

Para sus padres adoptivos, este hallazgo fue un «cataclismo». «Querían una familia y descubrieron que rompieron una, a ellos también les engañaron. Les tomó mucho tiempo aceptar que ésta era nuestra historia».

A su regreso a Europa, Carmen María entró en contacto con Alba, su madre biológica. Pero mantiene poca relación con ella. «No podía darle el amor que ella necesitaba», explica.

Junto a otros niños guatemaltecos presentó una denuncia en Bélgica contra la asociación Hacer Puente. «Yo no soy más que un pequeño eslabón en la cadena de todos esos niños que fueron robados», afirma. 

Hoy logra hablar de su dolorosa historia de forma «serena». «Mi objetivo es que se reconozcan los hechos», dice. En un futuro no muy lejano pretende emprender un nuevo viaje en busca de su padre. «Tengo que hacerlo, para cerrar el círculo».

meb/bl 

Por Taxi Noticias

Diseñador y Administrador de Noticias en la Web

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